El Seductor por Manuel Knwell

Tsha!!!! oiauuuhhhtttssszz!!!!! Sentía sonidos en mi cabeza, me corroían los espasmos por la espalda…sentía el sudor en ella y como se desplazaba desde mis hombros hasta llegar a mi ano, ahí siempre terminan todas esas cosas que nadie las desea. Caminaba por ese camino a diario, de lunes a sábado, era el único deporte que hacía  “sólo para ejercitar mis ojos” que era contar cada mujer guapa que se me cruzaba en el camino. Lo impresionante era que en un trayecto de diez cuadras, en promedio veía quince mujeres hermosas “habían días que superaban los veinte”.  Meditaba que al retroceder en mi juventud, ese promedio no habría sido de más de tres, por lo tanto, la raza ha mejorado ¿no? en especial en las mujeres, ya que mis amantes siempre se quejaban que en esta ciudad no habían hombres guapos, los pocos que habían ya estaban con novia o casados, aun así, muchas de ellas complacían sus deseos con aquellos machos y los días domingos, después de mi acostumbrada labor, siempre elegía a una para que fuera mi concubina aquella noche.

¡El verano me enfermaba! sentía que mis pies al caminar se me convertían  agua dentro de los zapatos, que no eran de marca, ya que prefería gastar ese dinero apostando en las carreras de caballo. Además me gustaba usar los calcetines sintéticos, ya utilizados por más de una semana, porque se ponen tiesos y de un olor pestilente, son más fáciles de introducir en los pies, ya que por lo general me levanto en las mañanas atrasado para el trabajo. Recurro a tres despertadores y además dos celulares básicos… ya que sufro de insomnio y suelo dormirme muy tarde, por lo general pasado las 5 de la mañana, considerando que debo levantarme a las 7 am, por ende no alcanzo a conciliar el sueño cuando debo levantarme. Lo que sí hago es tomar una ducha helada, ya que me gusta sentir los olores que se han acumulado en las prendas de ropa durante días y que no se mezclen con el olor a mi cuerpo, siempre he pensado que al caminar por las calles uno atrapa las esencias de las personas, y me gusta tenerlas ahí, lo otro es que solo uso ropa negra, ya que de esa forma puedo captar mejor todas las energías, y ellas van a parar a un talismán de color rojo que me dio una bruja en el sur de Chile, era descendiente de la gran Morgana.

Los días de invierno con el frío intenso que acechaba a esta ciudad, donde por lo general se oscurecía a las cinco de la tarde, tomaba otra visión de mi ser, en el que me reencontraba con mi lado más bizarro y a la vez sombrío, donde no había limites, tenía en mi poder tanto el bien como el mal, pues desde niño, era capaz de manipular las mentes de los débiles “así lo hice con muchos niños en mis primeros años de colegio, y al crecer pude hacer negocios de todo tipo, incluso lavado de dinero y venta de drogas”. En aquellos años solo vendía marihuana y coca, y no era coca de la “buena”, la traían de Colombia, pero al llegar tan al sur de Chile, ya venía demasiado “pateada”, pero los idiotas, de igual forma se empolvaban sus narices, con los placebos que yo les proporcionaba, ¡pobres imbéciles!

Me gustaba juntarme tanto con los “cuicos” como con los “flaytes”, sentía que estaba con energías similares, alguien podría pensar que son el ying y el yang, pero no es así, forman parte de la misma escoria, y de ellos me alimentaba para poder pagar mis gastos diarios. Les vendía celulares Iphone robados que me iban a vender al  trabajo.

Había una especie de ceremonia donde los flaytes invitaban a comer a los cuicos tomate sin pelar, con cebolla; el acto era de esta forma: el líder de los flaytes tomaba un cuchillo “por lo general era el que mataban a sus víctimas” se la llevaba a la boca y le pasaba suavemente la lengua sobre el filo de aquella, de ahí la llenaba con saliva y procedía a cortar la parte superior del tomate en cuadritos pequeños, muy bien cortados, y el que se equivocaba podía recibir una estocada del líder y morir desangrado ahí mismo, pues bien, después de eso tomaba una cebolla y le daba una mascada y luego le daba otra al tomate, metiendo su nariz en él, el ritual era una mascada por cada persona, pero solo se repetía el corte con el cuchillo, ahí estaba el truco. Y ahí nos quedábamos hasta el amanecer, escuchando las historias de aquellas gentuzas.
Después de pasarme una noche entera con estas escorias, al amanecer me iba algunas veces a visitar a una chica que era mi amor platónico, era la mujer de mi vida, pero ella estaba casada y tenía tres hijos, el esposo era un delincuente muy conocido en la ciudad, aun así la visitaba cuando el hombre estaba “trabajando”. Ella dejaba a sus hijos con su madre y salíamos a “after hours” a beber unos tequilas margaritas, lo que más le gustaba era poder poner monedas en aquella maquina “wurlitzer”, donde daba rienda suelta a su máxima pasión que era la música: rockera y metalera, y que su esposo nunca la entendió, decía que la música que escuchaba era “terrible de loca”; a mí me daba lo mismo, ya que en mi adolescencia, allá por los ochenta, fui “thrasher”, y escuche toda esa música, éramos mal vistos y estigmatizados. La mujer vivía muy lejos, a las afueras de mi ciudad, tenía que pasar por sitios eriazos y baldíos, donde casi todos los días violaban a niños y niñas, ya que ese sector estaba lleno de drogadictos de pasta base y ellos no tienen la moral que tengo yo ¡les importaba un coño mandarse a un pendejo de cinco años!. Así era la cruda realidad de esa población. Mientras caminaba, podía contar los pasos cada noche al pasar por ese basural, contando a la vez cuantas veces tuve que enrollar el boleto del bus (cada dos semanas viajaba a Santiago), entremedio de mis bolsillos, me apretaba las bolas suavemente; mientras el hedor del basurero inundaba mis poros y se me venía a la mente la ecuación: 2+z+x=45/4V2.

Pues bien, ya me había hecho el hábito de vomitar en aquel basural lleno de mierda de esa ciudad, los invito a excretar en ella para exorcizar la lascivia de mi rebaño

¡Sí!

“Soy pastor de un iglesia evangélica, que sólo piensa en el dinero y en como tentar al diablo a las jovencitas”.

 

Manuel Knwell

Editado por Carla Escobar.

 

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